Esta anecdótica historia cuyo protagonista es uno mismo, tuyo lugar un gélido día de invierno, tristón, miraba por mi ventana como las apresuradas gentes esquivaban la lluvia como si de cuchillos se tratase. El reloj marcaba las 8:00 horas, y en mi casa estábamos sólo mi madre y yo, y ella dormía, pues era sábado. No recuerdo el motivo por el que estaba yo despierto un sábado a esas horas, es posible que estuviera haciendo algún proyecto de clase, o algo similar.
Me gusta mirar por la ventan los días lluviosos, desde el calor del hogar he imaginarme las historias de las personas que veo, de la misma forma que Amelie en la película que lleva su nombre. Imagino como la gente maldice el no tener paraguas, o como aquel chaval llega a casa después de una larga noche de fiesta.
¿Y donde esta el ladrón en esta historia?, pues dado que mi padre no estaba en casa, debía ir a por el pan yo, y en eso me puse. Un pantalón de chándal sin planchar y un abrigo de invierno serían mis acompañantes de viaje. Y a estos se les sumo en el último momento un gorrito negro del Athletic que tengo que viene muy bien en días frescos.
Me dispongo a salir, y veo que la casa esta tan a oscuras que me cuesta no chocarme con las paredes. Voy muy despacio para hacer el menor ruido posible, tanto que abro la puerta con un cuidado extremo, y la cierro de la misma forma. Nada más dar el botón del ascensor decido ir andando los 7 pisos que me separan del suelo. Después de recordar los días de niño en los que bajaba dando el botón de todos los pisos, una sonrisa se escapa de mi boca casi sin querer.
Al bajar el portero ya estaba en la entrada leyendo su periódico y con un escueto saludo, salgo a la calle, y sin más miramientos en 10 minutos estaba de vuelta, cuando nada más entrar por la puerta, unas carcajadas sordas suenan por todo el portal. Era el portero que se reía conmigo de la situación que acabábamos de vivir.
Mi madre como todas las madres tienen sentido arácnido que avisa del peligro, y a pesar de que no me oye cuando le hablo a dos metros de distancia, fue capaz de oírme cuando iba por el pasillo, y se alerto, porque pensó, ¿quién es a las 8 de la mañana?, de un brinco fue a buscarme al cuarto y como estaba todo a oscuras, no logró verme, pero pensó que estaba durmiendo. Entonces supo que alguien había pasado por ahí porque le había parecido oír una puerta pero muy leve, como si alguien hubiera querido pasar desapercibido. Se apresuro a mirar por la mirilla, y vio como alguien bajaba por las escaleras con un pasamontañas, ¿ooo wait, era yo con mi gorro del Athletic?. Rápidamente cerro la puerta de mi cuarto para que no me asustara (1,90 metros y más de 100 kilos, no se yo quien se habría asustado más), y se vistió con celeridad para bajar a donde el portero y contarle que alguien había entrado en casa y que se había ido por las escaleras.
Sólo hay que imaginarse la situación desde el punto de vista del portero, me ve bajar por las escaleras, y al de 2 minutos baja mi madre, casi en pijama asustada diciendo que alguien acaba de salir de su casa con un pasamontañas, a lo que el portero no puede más que reír, y decir, pero hombre si era tu hijo, jaj aja aj, a lo que ella argumenta, no no, si mi hijo esta en el cuarto durmiendo, que le acabo de ver arriba.
Un cúmulo de circunstancias dio lugar a un echo gracioso, pues si algo no hubiera sido de esa forma el final hubiera cambiado mucho, el gorro, la oscuridad, mi cuidado al pasar por el pasillo, el bajar por las escaleras, etc...
Al llegar arriba mi madre me ladro por no avisar que me marchaba, y todo quedó en una historia graciosa para contar en las cenas de navidad con la familia.
JAjaja,aún me río de esa noticia
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