Llegamos con sol y se nubló, nos fuimos nublados, y el sol brilló. Así se puede resumir el fin de semana en Santander. Mala suerte con el tiempo, mala suerte con el deficiente transporte publico de Santander, y buena suerte con el Hotel.
Los autobuses de Santander son escasos, es posible ver 40 o 50 minutos en el tiempo estimado de llegado, que además para mal de muchos, suele ser bastante exacto. A las 11 de la noche los autobuses dejan de circular, incluso en verano, y solamente hay los nocturnos, 3 líneas que no dan para mucho y cuya frecuencia es más caótica aun. Cómo no se puede decir todo lo malo sin citar alguna cualidad positiva (técnica del bocadillo), diré que aparte de las tarjetas tipo creditrans, también esta la posibilidad de pagar con unas tarjetas duras que se recargan en estancos, y no caducan, con esto no hace falta tener 3 creditrans, uno con 5 céntimos, otro con 23, etc. Es similar a un creditrans pero que no hay que tirarlo cada 10 viajes, es ecológicamente, una buena idea.
Con esto no es de extrañar que los taxistas hagan sus buenos euros, ya que sólo les falta poner un plato de alpiste en la guantera en espera de que caiga algún pichón. Y nosotros caímos, entre otras cosas porque pasadas las 11, no nos quedaban más alternativas, un paseo de 1 hora después de un largo día de playa no es una opción viable.
Por supuesto, el mal tiempo no iba a estropearnos el fin de semana, pues hay muchas más cosas para hacer que darse un buen baño en el Cantábrico. Podemos visitar el zoo de la Madalena, aunque la verdad es que anda escaso de inquilinos, unas pocas aves, y unas focas es todo lo que se puede ver ahora.
Lo mejor de Santander: buenos paseos, la costa es un lugar muy agradable para pasar un rato y un paseo por la playa a la vereda de las olas es siempre una buena idea. El Domingo comimos una rica paella de marisco a 3 metros de la playa, con unas vistas inmejorables, desde luego esto fue algo para recordar.
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